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viernes, 3 de febrero de 2012

Humberto Maturana :Convivencia social: ¿negociación, acuerdo, alianza… amistad?


No todas las relaciones humanas son relaciones sociales, lo que da su carácter propio a las distintas clases de relaciones humanas son los sentires íntimos que fundan y guían el emocionear que sostienen los haceres que las realizan. Cuando esto no se entiende hay confusión de dominios en lo que se siente, se dice y se hace en las distintas situaciones de convivencia; confusión de dominios que se hace evidente en enojos y frustraciones por malos entendidos y quejas por el no cumplimiento de promesas que después se ve que nunca fueron hechas.

Para que nos encontremos al menos en un saludo que de hecho sea saludo y no una mímica, debemos encontrarnos en un instante de mutuo respeto, en un acto fundado en los sentires íntimos que admiten al otro como un legítimo otro en ese momento de convivencia. Y el espacio relacional o emoción que esos sentires constituyen, es el del amar como un fluir relacional que cursa sin expectativas, sin exigencias. El vivir y el convivir humano no ocurren como un mosaico de sentires, emociones y haceres, ocurre como un fluir de procesos entrelazados en el que las distintas conductas surgen con un carácter u otro en la relación organismo nicho según el curso operacional-relacional que sigue la deriva ontogénica de la unidad organismo-nicho en su realización en el ámbito ecológico que integra. En este proceso cambian las configuraciones de sentires íntimos y el emocionear que se vive, y el curso y sentido de los haceres que se hacen cambian según las distintas configuraciones de sentires íntimos y emociones que van surgiendo momento a momento en el fluir de los encuentros que se viven en el vivir y convivir de la deriva ontogénica. ¡Por favor, no arrisquemos la nariz! Todos sabemos esto desde nuestros sentires íntimos y desde ellos todos somos conscientes de como cambia la naturaleza de lo que hacemos en el curso de nuestro conversar cotidiano. Por esto mismo todos podemos darnos cuenta de que los distintos nombres que damos a las distintas clases de relaciones que convivimos evocan diferencialmente las distintas configuraciones de sentires íntimos y emociones que las sustentan. Y es a este saber íntimo de nuestro vivir y convivir cotidiano a lo que apelo para que nos hagamos cargo de que nos damos cuenta de los sentires íntimos y emociones que guían y sustentan lo que hacemos en nuestra convivencia, y para que no pretendamos que no sabemos lo que sabemos. Lo que diré a continuación no son definiciones, sino que son abstracciones de las distintas configuraciones de coherencias operacionales-relacionales que vivimos en nuestro vivir cotidiano y de los sentires íntimos y emociones que las sustentan.

Así, si lo pensamos seriamente veremos:

• Que las relaciones sociales son relaciones de mutuo respeto y mutua confianza, y la emoción que sustenta lo social como un ámbito o espacio de relaciones de mutuo respeto y mutua confianza, es el amar; que la amistad, la colaboración, la co-inspiración … son relaciones que ocurren en un ámbito social; que las dimensiones operacionales-relacionales de la amistad, la colaboración y co-inspiración son diferentes en cada caso, pero todas ocurren sólo en un espacio social pues todas ellas se fundan y sostienen en la configuración de sentires íntimos, emociones y haceres del amar.

• Que las relaciones de trabajo surgen en un ámbito social pero no son relaciones sociales, sino que son relaciones de acuerdo de intercambio de un cierto quehacer por un salario o remuneración; que las relaciones de trabajo surgen en un espacio social que es el ámbito de mutuo respeto que hace posible el acuerdo de trabajo; que cuando un trabajador o un patrón se queja del no cumplimiento de los pagos o de la realización de las tareas acordadas, se quejan en el ámbito de las relaciones de trabajo, pero cuando uno y otro se acusan de deshonestidad, se quejan en el ámbito de las relaciones sociales.

• Que una negociación es una conversación que busca la armonización de intereses o deseos contrapuestos, y es posible sólo en un ámbito de mutuo respeto restringido que queda definido por la naturaleza de la negociación; que el acuerdo es una conversación que intenta coordinar deseos en un aspecto particular del ámbito social amplio del mutuo respeto de la convivencia; que una alianza es una conversación en la que se coordinan acciones y deseos en una intersección circunstancial particular de ámbitos sociales disjuntos; que la amistad es un ámbito de búsqueda y disfrute de la compañía de otro, otra u otros, en un ámbito social abierto a todas las conversaciones reflexivas en el mutuo respeto y la total confianza mutua.

Si no distinguimos estos distintos dominios no podemos resolver adecuadamente las quejas, los desacuerdos y los malos entendidos, y no hay solución satisfactoria para ellos porque en la confusión cada uno de los participantes espera acciones en un dominio operacional-relacional distinto de aquel en el que el otro u otra se encuentra. Cuando esta confusión de dominios sucede y no se está íntimamente dispuesto al mutuo respeto, lo que ocurre son acusaciones recíprocas de testarudez y mala voluntad, generándose un ámbito de sorderas que durará hasta que alguno de los participantes se de cuenta de ello e invite a mirar de manera reflexiva los fundamentos desde dónde escucha cada uno de los participantes. Y para que esto ocurra tiene que surgir un ámbito social mínimo que abra la posibilidad del mutuo respeto y de la confianza mutua, cosa que podrá ocurrir sólo cuando nos encontremos honestamente queriendo la convivencia a que nos llevaría ese encuentro.

Esta confusión de dominios es lo que ha sucedido entre nosotros en el desencuentro tan repetido en el tema de las conversaciones sobre la educación en el ámbito del deseo de acabar con la discriminación cultural y económica en ella. Si en verdad queremos convivir respetándonos unos a otros acabando con la discriminación en la educación, la solución no va por la lucha en el intento de salir victoriosos en la derrota del oponente, sino que por el deseo y compromiso por crear el ámbito de convivencia social psíquico, económico y de acción en el cual esa discriminación no surge.

En fin, lo que le da el carácter relacional propio a cualquier actividad de convivencia humana es la configuración de sentires íntimos y emociones que guía el curso que sigue el convivir. Así, por ejemplo no nos damos cuenta de que la emoción que sustenta el deseo de recibir una remuneración legítima por una tarea bien hecha es diferente de la emoción que sustenta el deseo de lucrar con la actividad remunerada que se hace. En el primer caso ese deseo se sustenta en la disposición honesta y seria de realizar la tarea comprometida de manera impecable, en el segundo caso el deseo se sustenta en la disposición a subordinar la realización de la tarea comprometida al gasto mínimo con el fin de maximizar la ganancia personal aún en desmedro de la calidad de la realización de la tarea prometida.

Mientras no nos hagamos cargo de que son las configuraciones de sentires íntimos y los ámbitos emocionales que se generan en el fluir del vivir-convivir lo que en todo instante guía lo que hacemos, no dejaremos de confundir dominios operacionales-relacionales, y lo único que nos permitirá disolver esas confusiones será la reflexión sobre los fundamentos desde donde decimos lo que decimos en el deseo íntimo de convivir como personas honestas, serias y audaces moviéndonos en el respeto por nuestras diferencia en el deseo de conservar y armonizar nuestro convivir.

Y si hacemos esto podríamos tener la audacia de aceptar la invitación que nuestra canción nacional nos hace al final del coro, agregando a ese final tres palabras: “… que o la tumba será de los libres o el asilo contra la opresión… y toda discriminación”.

Humberto Maturana
El Tiempo en Madrid

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